—Terminó hace tiempo, Estela. Yo fui la última en darme cuenta.

No esperé su respuesta.

Diego bajó conmigo en el elevador. Miró las baldosas mientras descendíamos.

—Pensé que callarme era la manera de no hacerle daño a nadie.

—Cuando callabas, el daño me tocaba a mí.

—Lo sé ahora.

Las puertas se abrieron. Nos despedimos sin prometer nada.

Después, Sara y el asesor de Arturo cotejaron el enganche que él aportó, los reembolsos efectivos, mi deuda bancaria y los gastos que ellos cubrieron. Discutimos cifras durante semanas.

Al final firmamos un acuerdo revisado por los profesionales de ambas partes. Estela y Arturo se comprometieron a desocupar el departamento en 30 días, entregar llaves, dejar constancia del estado del inmueble y no utilizar la antigua promesa para exigir una transferencia gratuita. Conciliaríamos las aportaciones según lo pactado. Yo seguiría pagando la hipoteca.

Los 30 días no fueron tranquilos. Hubo retrasos con la mudanza, un mueble que nadie sabía de quién era y 2 ocasiones en que Estela quiso cambiar lo acordado por teléfono. Sara documentó cada cambio. Arturo rentó una casa pequeña cerca del taller. Una mañana recibí las llaves y firmamos el acta de entrega.

Entré acompañada de Sara. El departamento olía a limpiador de pisos y tenía marcas claras en las paredes donde antes colgaban fotografías familiares. En la cocina habían dejado la mesa. La misma mesa del mole.

Apoyé la mano en la madera. Esperé sentir aquella mezcla de rabia y vergüenza que me acompañó durante semanas. Lo único que noté fue lo fría que estaba.

—¿Qué vas a hacer con el lugar? —me preguntó Sara.

—Hoy, cambiar la cerradura. Después voy a pensar sin que nadie me llame para apurarme.

Meses más tarde lo vendí. Ante notario se liquidó la hipoteca y se hicieron los ajustes pactados por las aportaciones reconocidas. Cerré una obligación que seguí pagando después del divorcio.

Mariana no volvió a pedirme dinero. Diego dejó de actuar como mensajero entre su madre y yo. Estela escribió desde otros números hasta que dejó de hacerlo. Guardé lo necesario para el expediente.

Una noche salí tarde del trabajo y entré sola a una cafetería del centro. Pedí unas enchiladas y me senté junto a la ventana. Cuando la mesera preguntó si quería postre, miré mi teléfono. No había ninguna llamada que me exigiera regresar a casa, prestar dinero o salvar la celebración de otra persona.

—Sí —le dije—. Un pastel de chocolate, por favor.

Lo sirvieron con una cucharita que brillaba bajo la luz amarilla. Tomé el primer bocado sin pensar a quién debía explicárselo. Afuera empezaba a llover sobre Puebla.

Por primera vez en mucho tiempo, nadie estaba esperando que yo dijera que sí.