El lunes, al volver del trabajo, encontré un sobre amarillo metido por debajo de la puerta. No tenía remitente. Reconocí la letra de Estela en mi nombre. Dentro había una hoja amarillenta, una fotocopia de mi identificación de aquella época y una nota: «No olvides lo que prometiste».
En el documento, fechado antes de nuestra boda, aparecían mis iniciales al margen de 3 párrafos. Decía que, cuando Arturo y Estela lo solicitaran, yo les transmitiría gratuitamente los derechos sobre el departamento de La Paz. No había recordado aquellas líneas. Solo recordaba haber firmado un montón de papeles que Estela había llevado a casa una noche, después de cenar.
Fotografié todo y se lo mandé a Sara. Me llamó casi de inmediato.
—Valeria, guarda el original donde nadie pueda tocarlo.
—¿Eso significa que ya perdí?
—No. Significa que necesitamos revisar cómo surgió y qué alcance tiene. Pero hay algo que ella acaba de admitir al enviártelo.
—¿Qué cosa?
—Que sabía perfectamente que la dueña en los documentos eras tú. Si creía que ese departamento ya era suyo, ¿para qué necesitaba que prometieras transferírselo?
Antes de que pudiera responder, recibí una llamada de un número desconocido. Una mujer se presentó como Patricia, la madre de Tomás, el prometido de Mariana.
—Disculpe que la busque en privado, Valeria. Mi hijo está por firmar un contrato y necesito hacerle una sola pregunta: ¿es cierto que la familia de Mariana es dueña del departamento donde viven sus padres?
Miré el sobre amarillo abierto sobre la mesa. Comprendí que Estela no solo me había ocultado cosas a mí.
PARTE 3
—No, señora Patricia —respondí—. El departamento está escriturado a mi nombre, con una hipoteca que todavía se está pagando.
Patricia explicó que Estela había presentado el inmueble como suyo, libre de deudas, y ofrecido usarlo como respaldo. Tomás pensaba comprometer sus ahorros basándose en esa información.
Me senté. Hasta ese momento había creído que los $380,000 eran solo otro préstamo que jamás recuperarían.
—Yo no he ofrecido ninguna propiedad como garantía —dije—. Tampoco he autorizado que usen mi nombre en sus tratos. Mi abogada ya está revisando todo.
Patricia me dio las gracias. Le aclaré también que Diego y yo llevábamos 8 meses divorciados. Antes de despedirse, dijo:
—Mi hijo tendrá que hablar seriamente con Mariana antes de firmar nada.
Llamé a Sara. Me pidió que escribiera de inmediato un resumen de la conversación, con la hora y el número. Envió un requerimiento a Estela y Arturo: nadie podía negociar el inmueble en mi nombre. Ya no se trataba de favores familiares.
Bloqueé a Estela, pero guardé sus mensajes anteriores: mostraban fechas, cantidades y promesas de reembolso.
Mariana me mandó un audio llorando. Patricia había preguntado por el departamento delante de Tomás, y él ahora dudaba de la boda.
—Pudiste decir que no sabías nada, Vale. ¿Tanto te costaba ayudarnos una vez?
Le contesté con una llamada, porque no quería discutir mediante notas de voz.
—Tu mamá intentó conseguir $380,000 de mí y ofreció una propiedad que está a mi nombre. ¿Tú sabías eso?
—Sabía que el departamento era de mis papás.
—Eso es lo que te hicieron creer. ¿Sabías que sigo pagando una parte del crédito?
Mariana respiró fuerte, como si estuviera a punto de replicar. No lo hizo.
—Tomás dice que no puede empezar un matrimonio con deudas que nadie explica —murmuró al fin—. Y su mamá piensa que le mentimos.
—Yo no hablé con Tomás. Patricia me buscó y le respondí con la verdad.
—Siempre tienes que quedar como la buena.
—No necesito quedar como nada. Necesito que dejen de disponer de lo mío.
Colgó. Al día siguiente vi en el chat que habíamos usado para planear su fiesta una fotografía del anillo sobre una mesa y un mensaje corto de Mariana: «Se canceló». No me alegré, pero tampoco intenté arreglarlo.
Arturo me llamó esa noche. Me preguntó si podíamos reunirnos sin gritos. Dijo que había revisado recibos del taller y encontrado pagos hechos a Estela bajo conceptos como «gastos del inmueble», aunque no todos coincidían con las fechas en que el banco me descontaba la hipoteca. Quería averiguar adónde había ido el dinero.
—Yo daba por hecho que tú recibías los depósitos —dijo—. No te pregunté nunca. Siendo tu firma la que estaba en el crédito, debí revisar cada mes.
Le propuse cotejar sus recibos con mis estados de cuenta, junto a Sara.
Los siguientes días recibí 3 mensajes de Estela desde números distintos. Uno decía: «Estás destruyendo la boda de mi hija». Otro: «Te recibimos como sangre nuestra y ahora quieres corrernos». El último llegó a las 6:40 de la mañana: «Si nos sacas de aquí, cargarás con lo que le pase a Arturo».
No respondí. Guardé capturas, las envié a Sara y cambié la clave de un correo antiguo que Estela conocía.
El banco confirmó el saldo del crédito. Sara obtuvo el folio registral: no había cambio de dueño, pero sí una hipoteca vigente a mi cargo. La vieja promesa seguía bajo revisión; no íbamos a tratarla como si fuera una escritura.
El jueves, Diego me llevó una caja con fotografías de la boda y algunos objetos olvidados.
—Mi mamá insiste en que todo esto es por venganza —me dijo.
—La venganza no pagó 60 mensualidades.
Se quedó mirando la caja.
—Yo sabía que a veces nos pedía dinero de más. No sabía que el crédito seguía saliendo de tu sueldo. Creía que papá te transfería todo.
—Y cuando veías que yo cancelaba vacaciones porque no alcanzaba, tampoco preguntabas.
—Pensaba que eras mejor administradora que yo.
Solté una risa seca.
—Eso fue muy cómodo para todos.
Diego no discutió. Antes de irse me dijo que quería organizar una reunión con sus padres y Mariana. Se ofreció a convencer a Estela para que dejara de mandarme mensajes y revisaran el problema del departamento con Sara presente.
Nos citamos el sábado siguiente. Sara preparó los comprobantes, la escritura y una propuesta: plazo razonable para desocupar, inventario y revisión de las aportaciones. Todo por escrito, sin amenazas ni desalojos improvisados.