Llegué a la casa con Sara a las 5:00 de la tarde. Era la misma mesa donde Estela me había jalado del cabello. La habían cubierto con un mantel nuevo; la cazuela no estaba, pero el recuerdo del vapor me hizo detenerme un instante en la puerta.
Estela no quiso saludar a Sara.
—Pudimos arreglar esto entre nosotros, Valeria. No entiendo por qué traes a una desconocida.
—Porque llevo 8 años intentando arreglarlo entre nosotros —respondí.
Arturo estaba junto a la ventana. Diego permanecía cerca del pasillo. Mariana no levantó la vista del celular. Sara sacó la copia de la escritura y preguntó si estaban dispuestos a negociar una salida documentada o preferían que se plantearan las reclamaciones por las vías legales correspondientes.
—No voy a abandonar mi casa —respondió Estela.
—Podemos hablar de plazos y de los pagos realizados —dijo Sara—. Pero necesitamos partir de lo que muestran los documentos.
Estela empujó la escritura hacia mí con 2 dedos.
—¡Ese departamento es nuestro! ¡Arturo puso el enganche!
—Eso está reconocido —dije—. También hay 60 pagos que hice yo y no voy a fingir que no existen.
Ella se volvió hacia Sara. Tenía la cara tan tensa que apenas movía los labios.
—No entiende nada. El departamento se puso a nombre de Valeria para protegerlo. Era la única forma de que los acreedores de Arturo no nos lo quitaran cuando el taller estaba por hundirse.
Vi a Arturo apartarse de la ventana. Diego dejó escapar un «mamá» casi inaudible. Sara no levantó la voz. Simplemente colocó su pluma sobre el expediente y preguntó:
—Señora Estela, ¿puede repetir qué querían evitar al poner la propiedad a nombre de Valeria?
Estela abrió la boca, pero no contestó.
Fue Arturo quien rompió el silencio.
—Antes de que respondas, Estela, dime dónde terminó el dinero que te entregué durante todos esos años para pagarle a Valeria.
PARTE 4
Estela se quedó mirando a Arturo. Su pregunta hizo que Mariana soltara el celular. Tuve el impulso de calmar a todos. Me quedé quieta.
—Lo usé para las necesidades de la casa —dijo Estela al fin—. Hubo meses malos. Tú sabes lo que costaba mantener todo funcionando.
—Te daba dinero para que se lo depositaras a Valeria —contestó Arturo—. No para que decidieras por ella cuánto debía aportar.
Sara abrió una carpeta.
—Aquí están los depósitos recibidos por Valeria y los cobros del crédito. Todavía debemos cotejarlos con la contabilidad del taller. No podemos decir hoy dónde terminó cada peso, pero sí que hay mensualidades que salieron de su cuenta y que no fueron reintegradas.
Estela miró hacia Diego, como esperando que la defendiera.
—Diles algo. Es tu exesposa. No puede quitarnos el techo.
Diego tardó en responder. Se pasó la mano por la barba, miró el mantel nuevo y dijo:
—No le está quitando nada que esté a nombre de ustedes. Estamos aquí porque nunca le dijimos la verdad.
—¿También tú vas a ponerte en mi contra?
—No estoy en tu contra. Estoy dejando de taparte las cosas.
Nunca lo había escuchado hablarle así. Durante nuestro matrimonio siempre me decía que no valía la pena discutir con su madre.
Mariana se levantó de golpe.
—¿Y qué pasa conmigo? Yo no le pedí a Valeria que comprara este lugar. Perdí a Tomás por culpa de todo este desastre.
—No sabía que el departamento era de ella —dijo Arturo—. Eso te lo creo. Pero sí sabías que tu mamá le estaba pidiendo $380,000.
—Pensé que iba a prestárnoslos.
—Cuando alguien te dice que no, la conversación termina —respondí.
Mariana me sostuvo la mirada. Tenía los ojos hinchados. Bajó la vista sin pedirme perdón. No se lo exigí.
Estela recogió la hoja amarillenta que había llevado consigo.
—Valeria prometió cedernos la casa. Aquí están sus iniciales. Se las puso voluntariamente.
—¿Se acuerda de cómo me la presentó? —pregunté—. Me dijo que era un trámite para cuando Arturo pudiera solicitar crédito otra vez. Ni siquiera tuve una copia. Yo confié en usted.
—No te obligué.
—No. Me hizo creer que estaba ayudando durante unos meses y después convirtió mi silencio en una deuda permanente.
Sara aclaró que el alcance de aquella promesa dependería de un análisis legal. Pero la escritura demostraba que el inmueble seguía a mi nombre y con una hipoteca a mi cargo.
—Si esto no se resuelve mediante un acuerdo —añadió—, se tendrá que discutir formalmente. Eso implica tiempo, gastos y riesgos para todos. Nuestra propuesta es negociar una entrega ordenada y conciliar las aportaciones comprobadas.
Estela golpeó la mesa con la palma.
—¡Es nuestra casa! ¡Llevamos 8 años viviendo aquí!
—Y durante buena parte de esos años yo la pagué —le respondí—. Usted lo sabía. También sabía que ya no estaba casada con Diego y siguió tratándome como si le debiera obediencia.
—Te trataba como una hija.
—El domingo me acercó la cara a una olla hirviendo porque no quise darle mis ahorros. Si eso es ser su hija, prefiero que deje de llamarme así.
Se hizo un silencio largo. Estela abrió la boca, pero Arturo levantó una mano.
—Basta. Yo voy a buscar dónde mudarnos.
—Tú no puedes decidir eso solo —replicó ella.
—No puedo obligarte a pensar distinto. Pero no voy a seguir viviendo aquí fingiendo que la casa está pagada con dinero nuestro. Quiero que comparemos cada comprobante y terminemos con esto.
Antes de irnos aquella tarde, Arturo me alcanzó junto a la puerta.
—Perdón por no haber visto lo que estaba pasando —dijo—. Pude haber preguntado y preferí creer que las cuentas se arreglaban solas.
Su voz sonaba cansada. No lo abracé. Le agradecí que al fin hubiera aceptado revisar los números y le pedí que respetara los plazos.
Estela me llamó desde la puerta del departamento. Me volví. Estaba apoyada en el marco, sujetándose los brazos.
—Después de todo lo que hicimos por ti, ¿así termina nuestra historia?
La miré un momento. Conocía sus recetas y había pasado Navidades a su lado. Eso no borraba lo ocurrido.