Sumé todo en una hoja de cálculo. Había pagado una casa en la que siempre me sentía invitada.

A las 11:17 de la noche, la impresora terminó de sacar los recibos. Junto a ellos quedó un mensaje nuevo de Diego.

«Valeria, encontré algo en la carpeta de mi mamá. Antes de nuestra boda te hizo firmar un papel sobre el departamento. Dice que algún día se lo entregarías sin cobrarles nada. ¿Te acuerdas?»

Miré mis iniciales al pie de la escritura. Yo recordaba la notaría, el enganche y la promesa de que todo sería temporal.

Pero de ese otro papel no recordaba absolutamente nada.

PARTE 2

Le marqué a Diego en cuanto terminé de leer su mensaje. Contestó desde su coche. Buscando un recibo en el estudio de Arturo, encontró una carpeta con mi nombre detrás de facturas del taller.

—Había una copia de tu INE y un contrato con tus iniciales —me dijo—. Mi mamá llegó antes de que pudiera fotografiarlo. Me quitó la carpeta y dijo que no era asunto mío.

—¿Por qué te acuerdas justo ahora de ese papel?

—Porque la escuché decirle a mi papá que, si tú hacías preguntas, iba a enseñar «la promesa».

Esa noche casi no dormí. Por la mañana llamé a Sara, una amiga de la universidad que llevaba asuntos civiles. Me citó en su despacho cerca del Paseo Bravo.

Extendí la escritura, los movimientos bancarios y las capturas de pantalla en su escritorio. Sara revisó las fechas, el contrato del crédito y mi convenio de divorcio.

—Según esta escritura, tú apareces como propietaria —dijo—. Hay que revisar el folio en el Registro Público y el saldo de la hipoteca. Una cosa es la titularidad y otra lo que ellos podrían reclamar por sus aportaciones. No vamos a improvisar.

—¿Pueden quitarme el departamento con una hoja firmada?

—Necesito verla antes de responder. Mientras tanto, no firmes acuerdos, no aceptes pagos en efectivo ni borres mensajes. Y, por favor, documenta también la agresión del domingo.

Me dio vergüenza contarle con detalle lo del cabello. Sara no me dejó cambiar de tema. Anotó lo que había pasado, me pidió que guardara las fotografías de la marca roja en la nuca y me explicó las opciones para denunciar. Yo todavía no sabía qué haría, pero por primera vez tenía algo parecido a un plan.

El miércoles, Estela apareció en la puerta de mi departamento con una bolsa de pan dulce y un recipiente de chiles en nogada. Los sostuvo frente a mí como si fueran un pase de entrada.

—Vengo en son de paz. Me desesperé por lo de Mariana. Tú sabes cómo me pongo cuando me preocupo.

No la invité a pasar. Puse el seguro de la reja y le dije que habláramos desde ahí.

—Usted me lastimó, Estela.

—Ay, hija, tampoco fue para tanto. Ni te quemaste.

—Porque alcancé a apartarme.

Me observó un segundo. Después bajó la voz.

—Mira, hay otra cosa. La familia de Tomás está organizando una comida formal. Todavía creen que tú y Diego siguen juntos. No vayamos a dar explicaciones hasta después de la boda, ¿sí? Mariana no merece un escándalo.

—¿Desde cuándo sabe que nos divorciamos?

—Desde el domingo, ya te dije.

—Nunca me lo había dicho.

—No quise meterme en su matrimonio.

Le pedí que no volviera sin avisar. Por la mirilla la vi llamar a alguien antes de llegar al elevador.

Esa noche, Diego pasó por las fotografías de unos libros que había dejado en mi casa. Se quedó de pie junto a la mesa de la cocina, incómodo. Yo estaba ordenando documentos en sobres marcados por año.

—Te debo una explicación —dijo—. Encontré otros recibos en el escritorio de mi mamá. Son de un despacho de investigaciones privadas.

Había 2 pagos y una hoja con mi nombre completo. La fecha era de 5 meses atrás. En un renglón decía «confirmación de estado civil» y en otro aparecía mi nuevo domicilio. Diego había tomado una fotografía sin que ella lo viera.

—¿Tu mamá pagó para averiguar si estábamos divorciados?

—Eso parece. Yo no lo sabía. Me enteré hoy.

Sara revisó las imágenes al día siguiente. No podían contarnos por sí solas qué había descubierto el despacho, pero unos mensajes que Diego recibió después lo dejaron claro. Estela le escribió: «Desde mayo sabía que estaban separados legalmente. No vuelvas a discutirlo delante de tu papá. Bastantes problemas tenemos».

Mayo. Desde mayo me seguía invitando a comer. Me había pedido dinero para arreglar una filtración en su techo y para adelantar el pago de un proveedor. Cada vez que yo intentaba poner distancia, me decía que una familia verdadera no se rompe por un papel.

No era cariño lo que estaba protegiendo con tanto cuidado. Como mínimo, era el acceso a mi bolsillo.

Diego me llamó después de discutir con ella. Me contó que Arturo siempre había creído que el taller estaba cubriendo la mayor parte de la hipoteca. Estela administraba los pagos desde la época en que la empresa había empezado a recuperarse y él no revisaba los estados bancarios. Según Diego, cuando preguntó por qué no me reembolsaban, su madre contestó que yo «había aceptado ayudar».

—Nunca acepté pagarles un departamento —dije.

—Lo sé. Debí preguntarte hace años.

—Debiste hacerlo cuando vivíamos juntos.

Del otro lado hubo un silencio. No trató de defenderse, y eso fue casi más difícil de escuchar que una excusa.

El viernes llegó un mensajero con un sobre escrito de puño y letra por Arturo. Adentro había una carta breve. Me decía que él sí había entregado el enganche original, que necesitaba tiempo para revisar cuánto dinero salió realmente del taller y cuánto de mi cuenta, y que lamentaba haber dado por sentado que Estela llevaba las cuentas con transparencia.

La última línea estaba subrayada: «Ella guarda un documento que te hizo firmar antes de la boda. Si intenta usarlo para presionarte, enséñaselo a tu abogada antes de contestar».

Envié una fotografía a Sara. Más que el dinero, me dolía que hubieran considerado mi sueldo parte de su presupuesto.