PARTE 1
—¡Si no vas a ayudar a Mariana, entonces nunca quisiste a esta familia!
Estela me jaló del cabello y acercó mi cara a la cazuela de mole humeante. Sentí el calor en la mejilla. Diego, mi exmarido, dejó caer el tenedor; Arturo, su padre, se quedó inmóvil. Mariana miraba sus uñas.
Y yo me reí.
Es una reacción horrible que tengo cuando el enojo me deja sin aire. No porque algo me cause gracia, sino porque, si abro la boca de otra manera, termino gritando.
—Suélteme, Estela —dije, sujetándole la muñeca—. Diego y yo nos divorciamos hace 8 meses.
Sus dedos aflojaron. Me aparté de la cazuela y me acomodé el pelo con las manos temblorosas. Diego se puso de pie para acercarse, pero le indiqué que no me tocara.
—¿Divorciados? —preguntó Mariana.
Arturo dejó la tortilla en el plato. Estela, en cambio, no preguntó nada. La vi llevarse una mano al pecho y mirar, apenas un instante, hacia el archivero que tenían junto al comedor.
Parecía la expresión de alguien a quien acababan de descubrirle un secreto.
Me llamo Valeria Salcedo, tengo 33 años y coordino la edición de libros escolares en Puebla. Estuve casada con Diego durante 5 años. Nos separamos porque yo evitaba discutir y él jamás contradecía a su madre. Firmamos el divorcio en febrero, sin hijos y con pocos bienes por repartir.
Aun así, seguía yendo a comer a casa de sus padres algunos domingos. Parecerá absurdo, pero Estela me había llamado «mi otra hija» desde que éramos novios. Me invitaba a cumpleaños y me preguntaba si ya había comido. Cuando anuncié que necesitaba distancia, lloró hasta que prometí seguir visitándola.
Diego y yo acordamos no hacer un anuncio familiar. Él dijo que hablaría con sus padres. Yo pensé que ya lo había hecho.
Aquella comida era para celebrar que Mariana se había comprometido con Tomás. Había sidra y un pastel de tres leches. Estela me llamaba «nuera» y Diego miraba hacia otra parte.
Entonces Mariana mostró las fotos de un departamento nuevo que quería comprar cerca de Angelópolis. Estela acercó su silla a la mía.
—Mi niña ya encontró dónde empezar su vida. Les faltan $380,000 para el enganche. Tú podrías prestárselos, Vale. Luego vemos cómo se te devuelve.
Al principio pensé que había escuchado mal. Antes me habían pedido dinero para el coche, el taller y una graduación. Nunca tanto.
—No tengo $380,000 para prestar —contesté.
Estela soltó una risa corta.
—Tienes buen trabajo. Y siempre has sabido ahorrar.
—Mis ahorros no son dinero de la familia.
Diego se aclaró la garganta, sin mirarme.
—Mamá, quizá no sea el momento.
—¡Claro que es el momento! —respondió ella—. Mariana tiene que apartar el departamento esta semana.
Mariana dejó el teléfono sobre la mesa.
—No te estamos pidiendo que nos lo regales.
—Pero tampoco me han dicho cuándo ni cómo podrían pagarlo.
Arturo recogió platos para evitar mirarnos. Estela me recordó cuánto me había ayudado su familia. Le repetí que la respuesta era no.
Entonces vino el golpe de la cuchara contra la mesa. La silla empujada hacia atrás. Su mano en mi pelo.
—¡Lo haces porque quieres dejar a mi hijo, malagradecida!
Fue cuando le dije que el matrimonio ya había terminado.
Me levanté. Había mole en el mantel, una servilleta caída y un silencio tan pesado que escuché el motor del refrigerador. Tomé mi bolsa de la silla. Estela quiso bloquearme la salida del comedor.
—Valeria, no vas a irte haciendo ese espectáculo.
—El espectáculo lo hizo usted —respondí—. Y si vuelve a tocarme, no voy a quedarme callada.
Arturo abrió la puerta de la casa sin decir una palabra. Salí con el cuero cabelludo ardiéndome y una sensación extraña: por primera vez en años no había pedido perdón por arruinarles la comida.
Diego me alcanzó en el estacionamiento. Ni siquiera traía las llaves del coche; había salido detrás de mí tan rápido que seguía usando las pantuflas de estar en casa.
—No sabía que iba a reaccionar así.
—Me jaló hacia una olla hirviendo y tú seguiste sentado.
Bajó la cabeza.
—Lo siento. Mi mamá acaba de enterarse de lo nuestro.
Recordé la mirada fugaz de Estela hacia el archivero.
—No, Diego. Tu mamá ya lo sabía.
—¿De dónde sacas eso?
—No sé. Pero no me preguntó ni cuándo ni por qué. Solo parecía asustada.
Intentó explicarme los problemas del taller de Arturo. No quise oírlos otra vez.
De regreso a mi departamento, manejé con las ventanas un poco abiertas para que el aire me diera en la cara. En un semáforo casi le escribí a Estela para disculparme. Guardé el celular.
En casa puse una bolsa fría sobre la nuca. Después saqué una caja que llevaba meses debajo de la cama, con papeles de la boda, recibos viejos y documentos de un departamento de la colonia La Paz donde vivían Arturo y Estela.
Lo habíamos comprado 8 años atrás, cuando yo todavía era novia de Diego. El taller de Arturo atravesaba una deuda fuerte y ningún banco quería darle otro crédito. Estela me pidió que solicitara yo la hipoteca y apareciera como compradora. «Es nada más mientras Arturo limpia su historial», me aseguró. Él pagó el enganche; ellos habitarían el lugar y depositarían cada mensualidad. Yo era joven, tenía trabajo estable y quería demostrar que podían contar conmigo.
En la notaría pregunté cuándo pondrían el inmueble a nombre de ellos. Estela me acarició la mano.
—En cuanto podamos, hija. No nos vas a echar de tu propia familia, ¿verdad?
Aquella frase fue suficiente para que dejara de preguntar.
Saqué la escritura, todavía dentro de una funda transparente. Leí despacio, como si las letras pudieran cambiar si volvía a mirarlas.
Adquirente: Valeria Salcedo.
Luego entré a mi banca en línea. Descargué los estados de cuenta del crédito hipotecario y de la cuenta donde recibía mi sueldo. Hubo una época en que Arturo me transfería el monto de la mensualidad. Después los depósitos se hicieron irregulares. Desde hacía 60 meses, el banco cobraba puntualmente de mi cuenta, mientras los reembolsos aparecían solo en ocasiones aisladas.