—¿Y si te hubieras equivocado más de lo que ya te equivocaste?

No respondió. Por un momento vi al hombre que me llevó café durante mis primeras guardias en una consultoría y manejó de madrugada para acompañarme cuando murió mi abuela. Quise encontrar una explicación que hiciera compatibles a aquel hombre con el que tenía enfrente. No la encontré.

Lucía detalló los siguientes pasos: solicitar información completa de las participaciones, revisar las operaciones con un despacho contable externo y avanzar por separado con el divorcio. Nada de amenazas improvisadas ni de firmas en documentos preparados a toda prisa.

Mauricio protestó al escuchar «divorcio».

—Podemos arreglarlo. Corto todo con Natalia. Voy contigo a terapia.

—Si quieres cambiar, hazlo —contesté—. Pero no voy a quedarme para comprobarlo.

—¿Ya no me quieres?

La pregunta me agarró desprevenida. Miré la marca circular que había dejado el vaso sobre el mantel.

—Todavía tengo recuerdos que amo. Pero ya no me siento segura contigo.

Él se puso de pie. No dio un portazo. Recogió sus papeles, se detuvo junto a la puerta y preguntó si podíamos hablar a solas otro día. Le dije que los asuntos de la empresa pasarían por nuestras representaciones y que no estaba lista para conversaciones privadas.

Las siguientes semanas dormí en mi antiguo cuarto. A veces creí oír a Mauricio abrir la puerta. Otras buscaba su nombre en la lista de contactos y recordaba a tiempo que ya no esperaba una llamada.

El despacho contable empezó la revisión con los registros que Patricia y los socios proporcionaron. Confirmó mis aportaciones a las 2 bodegas y señaló anticipos sin respaldo suficiente. Eso no demostraba por sí solo un desvío, pero exigía aclaraciones, comprobantes y, en su caso, recuperar recursos.

Mauricio dejó de decir que yo estaba haciendo un escándalo por celos. Empezó a pedir reuniones para «regularizar» operaciones. Natalia, según un correo de recursos humanos que me copiaron como socia, solicitó terminar su relación laboral. No pregunté dónde iba a trabajar.

Una tarde Lucía me llamó mientras yo caminaba despacio alrededor del patio de mi madre.

—Necesito que revises algo antes de que nos reunamos con los socios. Patricia encontró un correo que Mauricio envió esta mañana.

Me lo reenvió. El asunto decía «Ratificación de movimientos». En el texto Mauricio pedía preparar una minuta afirmando que yo había conocido y aprobado los anticipos a Costa Norte.

Al final añadió una frase: «Adriana firmará cuando se tranquilice».

Me quedé inmóvil con el teléfono en la mano. Todavía estaba intentando recuperar mi salud y él ya planeaba usar mi nombre para cubrir lo que había decidido a escondidas.

—Lucía —dije—, quiero estar presente cuando le pregunten de frente quién le dio permiso para escribir eso.

PARTE 4

La reunión fue en una sala pequeña, no en las oficinas lujosas que Mauricio alquilaba para impresionar clientes. Estaban Patricia, un contador externo, 2 socios, Lucía y los representantes de Mauricio. Yo llevé una carpeta y una botella de agua. Tenía todavía una molestia ligera en el abdomen, pero no iba a dejar que otros hablaran por mí.

El contador explicó qué operaciones tenían comprobantes y cuáles seguían pendientes. Algunas entregas de Costa Norte podían acreditarse con registros de rutas y recibos; otras no tenían documentación suficiente. Parte de los anticipos debía justificarse o reintegrarse. Nadie habló de mandar a nadie a la cárcel. Había que reconstruir cuentas, exigir documentos y corregir decisiones administrativas.

Cuando llegó el momento de la minuta, Lucía colocó en la mesa el correo de Mauricio.

—Aquí se afirma que Adriana ratificará pagos que no autorizó. ¿Quién decidió incluirla como responsable?

Mauricio respiró hondo.

—Pensé que, con una explicación, estaría de acuerdo.

—No me preguntaste —dije.

—Eran movimientos para mantener la operación.

—Entonces escribe que los decidiste tú. No vuelvas a poner mi nombre en una aprobación que nunca di.

Uno de los socios pidió corregir los registros internos. Mauricio aceptó que se retirara la referencia a mi visto bueno y que cualquier regularización dependiera de comprobantes verificables. También se acordó revisar los anticipos cuestionados con la contabilidad externa y establecer controles para nuevos pagos. Firmamos únicamente el acta que reflejaba esos acuerdos, después de leerla completa.

Aquella mañana no gané dinero ni vi a Mauricio humillado. Solo dije «no» donde antes asentía para evitar problemas.

La situación del departamento de Ciudad Granja se aclaró con documentos. Pertenecía a una sociedad inmobiliaria en la que yo tenía participación; Mauricio no podía regalarlo por su cuenta. La supuesta gestoría no se convirtió en una cesión válida. Sus representantes tuvieron que explicar el pago y resolverlo dentro de la revisión de gastos.

Una conocida me contó que Natalia había descubierto que el departamento no era solo de Mauricio y que discutieron. No sé qué dijeron ni por qué terminaron. Lo comprobable era que ella dejó la empresa y el inmueble seguía con el mismo dueño.

Las negociaciones por el divorcio avanzaron por otra vía. Presenté la solicitud con asesoría de Lucía y acordamos las cuestiones patrimoniales sin renunciar a mis participaciones. No quise quedarme con su empresa ni renunciar al dinero y trabajo que había invertido.

Hubo reuniones agotadoras, facturas que buscar, avalúos y mañanas en que la falta de sueño hacía que todo pareciera interminable. Mi madre me dejaba fruta en el escritorio sin preguntarme si ya lo había superado. Agradecí su silencio.

En mi revisión médica, semanas después, el especialista me mostró los resultados. La inflamación había desaparecido y ya no había indicios de que necesitara cirugía. Salí con la receta doblada entre los dedos. Escuchar «todo está bien» me hizo detenerme en el pasillo para respirar.

Esa misma tarde tenía que recoger unos documentos en la oficina de Lucía. Mauricio estaba en la recepción. Se puso de pie cuando me vio y levantó una carpeta.

—Vine a dejar lo de tu participación en la bodega —dijo—. Ya quedó asentada como corresponde.

Lucía me había avisado que él entregaría esos papeles, pero no que estaría allí a esa hora. Los revisé con ella antes de guardar mi copia. Eran documentos que debieron estar en orden desde mucho antes de nuestra separación.