—Y saliste bien. Tu mamá me dijo que ya estabas en casa.

—Mi mamá no habló contigo.

Abrió la boca, buscó otra frase.

—No sabía que era tan grave.

—Te lo escribí. Lo leíste.

Se sentó sin permiso y puso la carta en la mesa.

—Natalia fue por trabajo. Estás entendiendo todo al revés.

Le mostré la reserva del hotel.

—¿A cuál de los 2 les tocó la habitación que pagó nuestra empresa?

Me arrebató la hoja con la mirada. No intentó tocarla. Su mandíbula se tensó.

—Eso se puede explicar.

Coloqué entonces el estado de cuenta frente a él.

—Explícame también los $1,680,000 pesos transferidos a Costa Norte. Y por qué mi nombre aparece como si hubiera aprobado el último pago.

Su cara cambió en la primera página. Miró hacia la puerta, luego a mi madre, como si buscara a alguien que pudiera detener la conversación.

—No te has enterado de cómo funciona el negocio —murmuró.

—Entonces será fácil enseñármelo.

Lucía entró en ese momento; habíamos acordado que se reuniría con nosotros allí. Saludó, dejó su portafolio y tomó asiento al otro lado de la mesa.

—Empecemos con las facturas, los contratos y los comprobantes de entrega —dijo.

Mauricio se frotó la cara.

—El dueño de Costa Norte es primo de Natalia. Ella me lo presentó, pero eso no significa lo que están pensando.

Al escuchar el parentesco recordé por qué me sonaba el apellido. A Natalia le había oído mencionar a ese primo en una comida de la empresa.

Lucía pasó la página y señaló un concepto que yo había pasado por alto: «Proyecto habitacional Ciudad Granja: gestión de cesión de derechos».

—¿Qué tiene que ver un departamento con una empresa de reparto? —preguntó.

Mauricio dejó de mirarnos. Y esa fue la primera vez que entendí que no solo había estado escondiéndome un viaje.

PARTE 3

Lucía giró el estado de cuenta para que Mauricio pudiera leer el concepto completo. Eran $68,000 pesos cargados como «gestoría», a favor de un despacho que no aparecía en los contratos habituales de la empresa.

—La bodega no tiene nada que ver con ese departamento —dije—. Y si hablas del de Ciudad Granja, sabes que invertí en la sociedad que lo compró.

Mauricio se pasó una mano por el cabello.

—No se ha vendido nada. Solo pregunté qué trámites harían falta.

—¿Para qué? —insistió Lucía.

—Quería ordenar unos bienes. Eso es todo.

Miré a mi madre. Había dejado una jarra de agua sobre la mesa. Se sentó a mi lado y me tomó la mano bajo el mantel.

Lucía pidió a Mauricio que se concentrara primero en los movimientos de Costa Norte. Él explicó que la compañía había tenido problemas para cubrir entregas regionales, que el primo de Natalia ofrecía camionetas y choferes y que habían acordado pagar anticipos para asegurar el servicio.

—¿Cuántas rutas se hicieron? —preguntó Lucía.

—Varias. Tengo que revisar los registros.

—En estos 4 meses hubo $1,680,000 pesos de anticipos. Algunas facturas no tienen remisiones ni comprobantes de entrega. ¿Puede facilitar los contratos y la evidencia de los servicios?

—Yo dirijo la empresa. No tengo que justificarte cada decisión.

—Ante tu esposa no quieres —respondí—. Pero ante los demás socios y la contabilidad sí.

Me miró con rabia. Antes detenía nuestras discusiones elevando la voz. Esta vez ni Lucía ni yo bajamos la mirada.

—Hay documentación que puedo conseguir —admitió—. Y algunas rutas todavía no se han realizado.

—Entonces los anticipos siguen pendientes de comprobar —dijo Lucía—. Necesitamos verificarlo con un contador independiente antes de decidir qué procede.

Mauricio bebió agua. Le temblaba ligeramente la mano.

Quedaba una pregunta que ningún contrato iba a responder.

—¿Cuánto tiempo llevas con Natalia?

—Adriana, no mezcles las cosas.

—La habitación la pagó la empresa. Ya las mezclaste tú.

Miró la puerta del patio. Después dijo:

—Casi 5 meses.

No grité. Me acordé de los jueves en que me llevaba comida al trabajo porque decía que no podía llegar a cenar, del perfume ajeno en el asiento de su camioneta y de la noche en que se enojó porque encontré un arete debajo del tapete.

—¿Ibas a dejarme después de ese viaje?

No contestó. Lucía esperó, con su pluma quieta. El silencio se alargó hasta que mi madre movió la jarra para hacer espacio en la mesa.

Recordé entonces un mensaje que había visto 2 semanas antes en nuestra computadora de casa. La cuenta de correo de proyectos de Mauricio seguía abierta en el navegador que ambos usábamos. Yo buscaba una cotización de mantenimiento cuando apareció una respuesta de Natalia dentro de un hilo sobre el departamento. Había tomado una fotografía de la pantalla para preguntarle después; aquel día él llegó de mal humor y no lo hice.

Abrí la foto desde mi celular. Natalia había escrito: «Después de Vallarta ya no quiero excusas. Me dijiste que hablarías con Adriana y que el depa de Ciudad Granja sería para nosotros. No vuelvas a cambiar la fecha».

Deslicé el teléfono hacia él.

—¿También eso es trabajo?

Mauricio cerró los ojos. Lucía miró el mensaje y me pidió conservar el archivo original sin manipularlo, porque había que valorar cómo podía usarse legalmente y no confundirlo con la prueba contable.

—Le prometí cosas que no podía cumplir —dijo por fin.

—Le prometiste un departamento sobre el que ni siquiera puedes decidir solo.

—Pensaba hablar contigo para llegar a un acuerdo.

—Primero ofreciste lo que no era únicamente tuyo y después pensabas preguntarme.

Su expresión se endureció.

—Tú tampoco has sido fácil estos meses.

Sentí que mi madre apretaba mi mano. La solté con cuidado para acomodarme en la silla; todavía me molestaba el costado cuando permanecía mucho tiempo sentada.

—No estamos negociando si fui una esposa cómoda —le dije—. Te pedí ayuda para llegar al hospital.

—No te he hecho daño físico nunca.

—Te llamé 12 veces desde una ambulancia. Sabías que tenía miedo y no preguntaste ni dónde estaba. Eso también me hizo daño.

—Creí que era otra discusión. Que exagerabas.