—Si no firma, usamos la copia que prepararon —dijo él—. Necesito cerrar esto antes de que nazca la niña.

—Baja la voz —contestó Ofelia—. Te pueden oír.

Con las manos temblando, guardé ese audio. El lunes conseguí enviar un mensaje a Paulina: «Estoy en el sótano de mi casa. Rubén me encerró. Llama al 911». Adjunté unos segundos de grabación. La pantalla se congeló antes de mostrar la confirmación.

Pasaron 3 días sin que nadie llegara. La batería marcaba 4%.

Y entonces llegó aquella cena. Las voces arriba, los cubiertos, el brindis por el supuesto ascenso. Cuando Rubén bajó a advertirme que no hiciera ruido, sentí otra contracción, más larga, más profunda. Algo tibio me corrió por las piernas.

—Se me rompió la fuente —le dije—. La niña viene. Abre, por favor.

Rubén miró el piso mojado. Durante un instante creí que iba a hacerlo. En cambio, se incorporó.

—Aguanta. No arruines esta noche.

Se escuchó el timbre de la puerta principal. Una vez. Luego otra. Rubén dejó de moverse cuando unos golpes secos interrumpieron la música y una voz de mujer atravesó el techo:

—¡Rubén, abre! ¡Sé que Mariana está ahí! ¡Soy Paulina!

PARTE 2

La escuché pronunciar mi nombre y quise correr escaleras arriba. Apenas pude incorporarme. Otra contracción me apretó desde la espalda hasta el vientre y terminé de rodillas sobre el colchón.

—No hagas un escándalo —susurró Rubén, aunque allá arriba los golpes ya se habían vuelto más fuertes.

—Ábreme. Te estoy diciendo que está naciendo tu hija.

Me miró como si la única emergencia fuera que sus invitados descubrieran dónde estaba yo. Subió sin contestar. Oí a Ofelia cerrar la puerta del sótano y después el sonido de sus llaves alejándose.

Desde la jaula distinguía las voces por momentos. Una era de Paulina; la otra, de un hombre que se identificó como policía municipal. Había llamado al 911 y había llegado con una patrulla. Rubén elevó la voz con esa tranquilidad estudiada que usaba delante de otras personas.

—Mi esposa está en casa de su hermana. Tiene una crisis de ansiedad desde que está embarazada. No entiendo esta acusación.

—Soy su hermana —respondió Paulina—. Y no la he visto en semanas.

Alguien preguntó si podían revisar la vivienda. Escuché la silla de madera arrastrarse por el comedor. Los invitados seguían allí. Me los imaginé de pie, mirando las fotos de nuestra boda sin entender lo que pasaba debajo de sus zapatos.

Paulina hizo sonar un audio desde su teléfono. Lo reconocí por el eco metálico que había en cada palabra. Era mi voz, agotada y entrecortada, diciendo que estaba encerrada. Después sonó el candado y Rubén ordenándome que firmara.

—Eso se puede editar —protestó él—. Está obsesionada con hacerme quedar mal.

El policía no alcanzó a responder. Una nueva contracción me arrancó un grito que no pude contener.

—¡PAULINA! ¡ESTOY ABAJO!

Hubo un golpe de pasos contra el piso, después el ruido de la puerta del sótano. Vi luces de linterna bajando las escaleras. Paulina llegó primero y se quedó inmóvil al encontrarme detrás de la malla. Se tapó la boca con ambas manos. Detrás aparecieron 2 agentes.

—Necesito una ambulancia —dijo uno por su radio—. Mujer embarazada privada de la libertad. Posible trabajo de parto.

—Mari, soy yo. Ya estoy aquí.

Paulina se acercó. Metí los dedos entre los barrotes y ella los sujetó con fuerza. Tenía las mejillas mojadas, pero su voz no tembló cuando me preguntó desde cuándo estaba encerrada.

—19 días. Y ya no puedo esperar.

Rubén bajó detrás de los policías, con el rostro enrojecido.

—No saben lo que están viendo. Ella se metió ahí por voluntad propia después de discutir conmigo.

Uno de los agentes se interpuso entre nosotros.

—Señor, manténgase atrás.

—Es mi esposa. Yo puedo explicarlo.

—Explíquelo sin acercarse.

Ofelia quedó parada en el último escalón. Tenía las llaves apretadas en el puño. Un policía extendió la mano.

—Necesitamos abrir el candado, señora.

Ella buscó a Rubén con la mirada. Mi marido movió la cabeza apenas, pero yo lo vi.

—Mamá, no te metas —le dijo.

Recuerdo que pensé en todas las mañanas que esa mujer me había visto acostada sobre el suelo. La vi bajar despacio y entregar el llavero. No me pidió perdón. Tampoco me miró.

El metal hizo un chasquido. La puerta se abrió hacia afuera, rozando el concreto. Paulina intentó abrazarme, pero le señalé la tabla floja junto a la pared.

—El celular —jadeé—. Está abajo. No dejen que Rubén se lo lleve.

Uno de los policías me pidió que le mostrara el lugar. Levantó la tabla frente a mí, encontró el aparato envuelto en una bolsa y me preguntó si era mío. Asentí. Le expliqué que contenía grabaciones y que no quería perderlas. Registró lo que le dije y dejó el teléfono resguardado para entregarlo a quienes investigarían el caso.

No recuerdo cómo lograron pasarme del colchón a la camilla cuando llegaron los paramédicos. Sí recuerdo el frío que sentí en los pies al cruzar por primera vez la puerta del sótano. Había olvidado que una casa podía oler a comida caliente.

Al subir, los 6 invitados estaban reunidos junto al comedor. Uno sostenía todavía una servilleta. Una mujer apartó la mirada; otro hombre abrió la boca, pero no dijo nada. Vi una cazuela de mole sobre la mesa y 7 platos servidos: los de ellos y el de Rubén. Mi lugar no existía.

—Diles que te metiste sola —me exigió Rubén desde el pasillo—. Diles la verdad.

Me detuve lo suficiente para mirarlo.

—La verdad está abajo, donde me dejaste.

Un agente lo alejó. Al pasar junto a la puerta principal, alcancé a ver a los vecinos asomados detrás de la patrulla. Pensé en las veces que había oído coches estacionarse afuera mientras yo llamaba a la puerta del sótano. No sabía si alguien había escuchado. Esa noche dejé de preguntármelo.

En la ambulancia, Paulina subió conmigo después de que los paramédicos se lo permitieron. Me puso su chamarra sobre los hombros. Yo no soltaba la orilla de la sábana.