La noche estaba iluminada por cientos de pequeñas luces doradas.
En el jardín de una enorme mansión se celebraba una fiesta elegante.
Había mesas cubiertas con manteles blancos.
Arreglos florales.
Copas de cristal.
Y enormes lámparas colgantes que brillaban sobre los invitados.
En el centro de la celebración descansaba una impresionante tarta de varios pisos.
Estaba cubierta de crema blanca.
Pequeñas flores decoraban sus bordes.
Y una delicada figura adornaba la parte superior.
Todos parecían disfrutar de aquella noche.
Todos, excepto una pequeña niña que permanecía junto a la mesa del pastel.
Se llamaba Emilia.
Tenía seis años.
Su cabello castaño estaba ligeramente despeinado.
Llevaba un vestido sencillo de color beige y un pequeño cárdigan crema.
Sus zapatos estaban gastados.
Y sus ojos reflejaban una mezcla de hambre, tristeza y curiosidad.
Emilia observó la enorme tarta.
Nunca había visto un pastel tan bonito.
En su casa, los cumpleaños se celebraban con una vela colocada sobre un pequeño pan dulce.
A veces ni siquiera había eso.
La niña se acercó lentamente.
Miró a su alrededor.
Después extendió una mano hacia la decoración del pastel.
—Qué bonito… —susurró.
Pero antes de que pudiera acercarse más, escuchó una voz severa.
—¿Qué estás haciendo?
Emilia se sobresaltó.
Frente a ella apareció una mujer elegante.
Tenía el cabello rubio recogido en un moño alto.
Llevaba un vestido de terciopelo color burdeos.
Su expresión era fría.
Se llamaba Beatriz.
Era una de las organizadoras de la celebración.
—Yo… —murmuró Emilia.
La mujer frunció el ceño.
—¿Quién te permitió acercarte a esta mesa?
La niña bajó la mirada.
—Perdón, señora.
Beatriz observó su ropa.
Después miró sus zapatos.
—Este pastel es para los invitados.
Emilia apretó las manos contra su pecho.
—Solo quería verlo.
La mujer respondió:
—Entonces míralo desde lejos.
La pequeña retrocedió.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Perdón…
Beatriz se inclinó hacia ella.
—No quiero que vuelvas a tocar nada.
Emilia asintió.
—Sí, señora.
La niña dio otro paso hacia atrás.
Su rostro se entristeció.
Y mientras los invitados continuaban conversando, ella intentó ocultar las lágrimas.
Entonces un hombre se acercó.
Tenía unos cuarenta años.
Cabello oscuro.
Barba corta.
Vestía un elegante traje azul marino y una camisa oscura.
Se llamaba Gabriel.
Había observado parte de la conversación.
Se acercó a la mesa.
Miró a Emilia.
Después observó el pastel.
—¿Te gustaría probarlo?
La niña levantó lentamente la mirada.
—¿A mí?
Gabriel sonrió.
—Sí, a ti.
Emilia miró hacia Beatriz.
La mujer permanecía detrás de ellos con expresión seria.
La pequeña respondió:
—No puedo.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Por qué?
Emilia bajó la cabeza.
—La señora dijo que no era para mí.
El hombre permaneció en silencio.
Después tomó un plato blanco.
Cortó cuidadosamente una porción de pastel.
La colocó sobre el plato.
Y se arrodilló frente a Emilia.
—Bueno, ahora sí es para ti.
La niña abrió los ojos.
—¿De verdad?
Gabriel sonrió.
—De verdad.
Emilia tomó el plato con ambas manos.
Sus dedos temblaban.
—Gracias, señor.
Gabriel respondió:
—No tienes que darme las gracias.
La pequeña probó un trozo.
Cerró los ojos.
La crema dulce se mezcló con las lágrimas que todavía resbalaban por sus mejillas.
—Está muy rico —susurró.
Gabriel sonrió.
—Me alegra.
Pero entonces Emilia hizo una pregunta que lo dejó completamente inmóvil.
—Señor… ¿puedo guardar un pedacito para mi mamá?
Gabriel sintió que el corazón se le oprimía.
—¿Tu mamá no está aquí?
La niña negó.
—Está trabajando.
El hombre respiró profundamente.
—¿Dónde?
Emilia levantó la mirada.
Y respondió con una frase que cambiaría el resto de aquella noche.
—En la cocina de esta casa.
CAPÍTULO 2 — La mujer que trabajaba detrás de las puertas
La madre de Emilia se llamaba Lucía.
Tenía treinta y dos años.
Trabajaba como ayudante de cocina en diferentes eventos.
No tenía un empleo estable.
Algunas semanas conseguía trabajar cinco días.
Otras apenas encontraba dos jornadas.
Vivía con Emilia en una pequeña habitación alquilada.
La habitación tenía una cama.
Una mesa.
Un armario antiguo.
Y una pequeña cocina junto a la ventana.
Pero Lucía hacía todo lo posible para que su hija se sintiera feliz.
Cada mañana la despertaba con una sonrisa.
—Buenos días, princesa.
Emilia abría los ojos.
—Buenos días, mamá.
Lucía le preparaba el desayuno.
A veces había huevos.
Otras veces solo pan y leche.
Pero siempre intentaba colocar algo bonito sobre la mesa.
Una servilleta doblada.
Una flor pequeña.
O un dibujo.
Emilia solía preguntarle:
—Mamá, ¿algún día tendremos una casa grande?
Lucía sonreía.
—Tal vez.
La niña continuaba:
—¿Con jardín?
Su madre respondía:
—Con muchas flores.
Emilia soltaba una carcajada.
—¡Y un pastel enorme!
Lucía la abrazaba.
—Y un pastel enorme.
Pero cuando su hija se dormía, la mujer permanecía despierta.
Revisaba sus cuentas.
Calculaba el dinero del alquiler.
Y pensaba en cómo conseguir otro trabajo.
Nunca le contó a Emilia que algunas noches se acostaba sin cenar.
Prefería decir que no tenía hambre.
Aquella noche de la fiesta, Lucía había conseguido un turno adicional en la mansión.
No tenía con quién dejar a su hija.
Por eso pidió permiso para llevarla.
El encargado aceptó con una condición.
—La niña debe permanecer en la zona del personal.
Lucía asintió.
—No causará problemas.
Pero durante el evento, Emilia salió a buscar a su madre.
Se perdió entre los pasillos.
Y terminó frente a la enorme tarta.
Sin imaginar que aquel momento cambiaría sus vidas.
CAPÍTULO 3 — El hombre que nunca olvidó el hambre
Gabriel era un empresario exitoso.
Había construido una compañía de distribución después de muchos años de trabajo.
Vivía en una casa grande.
Conducía un automóvil elegante.
Y asistía a eventos importantes.
Pero no siempre había tenido dinero.
Cuando era niño, su familia atravesó una situación económica muy difícil.
Su padre perdió el empleo.
Su madre comenzó a trabajar limpiando oficinas.
Y durante varios meses apenas consiguieron pagar el alquiler.
Gabriel recordaba perfectamente aquellas noches.
Su madre preparaba una sopa sencilla.
Después repartía las porciones.
Siempre decía:
—Ya comí en el trabajo.
Pero Gabriel sabía que no era verdad.